Si nos volvemos a encontrar

de Martina Jaitman

Gimnasio La Colina. Grado séptimo.

Ilustración: María Luisa González. Grado 11. Gimnasio la Colina.

Leer

De vez en cuando me pongo a pensar que hubiese pasado si mis padres no se hubiesen conocido, si no se hubiesen enamorado o si no hubiesen decidido tenerme. Claro que también pienso qué sería de mi vida sin el Tourette. Mi vida sería muy diferente; yo tendría más amigos, sería menos introvertida y no estaría pensando todo el tiempo en las cosas que no puedo disfrutar mientras otros sí. En fin…como mi madre está muy preocupada por mi autoestima y mi vida social, decidió llevarme a un club de apoyo para gente con enfermedades neurológicas.  Hoy es mi primer día y se siente un ambiente extraño en ese lugar.  No sé si se deba a que casi todos estamos deprimidos o a que estamos en una universidad vieja y bastante tenebrosa.  Estaba a punto de marcharme cuando vi entrar a un chico que llamó mi atención.  Él era alto, tenía el pelo castaño y llevaba puesta una camisa de cuadros azules.  Pero había algo curioso en él, y era que no padecía de ninguna enfermedad, él estaba acompañando a una chica. Por un momento creí que eran pareja, pero luego me di cuenta que era su hermana.

Cuando la tediosa charla sobre el amor propio terminó, me retiré de la sala lo más rápido posible y me dirigí hacia la puerta donde me dispuse a esperar a que mi mamá llegara.  Después de unos minutos de esperar, Nicolás, el chico apuesto que vi al entrar, se me acercó y me dijo:

–         Hola, ¿eres nueva aquí?
–         Sí, es mi primer día, -dije encogiendo los hombros rápidamente y moviendo las manos.
–         ¿Cómo te llamas?
–         Emilia
–         Mucho gusto Emilia, soy Nicolás.
–         ¿También es tu primer día?
–         No, he venido varios meses, pero no por mí, vengo a acompañar a mi hermana que es autista. ¿Y tú?, ¿tienes hermanos?
–         No, soy hija única.

Al terminar esa frase vi llegar el auto de mi madre y me despedí haciendo un gesto desanimado con mí mano, seguido de un abrir y cerrar de ojos brusco, que era uno de mis tics más frecuentes. Esa misma tarde no pude dejar de pensar en ese corto e incómodo intercambio de frases sutiles y tímidas.

Acostada en mi cama descubrí que el nombre Nicolás se había convertido en uno de mis tics, aún más rápido que la mayoría de ellos.

Tres días después me encontré a Nicolás de camino a mi heladería favorita.  Él me saludó muy cordialmente y sacudiendo la cabeza le dije:

–         Hola, que raro verte por aquí.
–         ¡Hola! Lo mismo digo.
–         ¿Cómo estás?
–         Bien, ¿y tú?
–         Bien también, ¿quieres acompañarme? – dije con un tono nervioso y pronunciando una que otra grosería entre dientes.
–         Me encantaría. Después de oír esas palabras me sonrojé y seguí caminando.

Cuando llegamos a la heladería yo pedí un helado de mandarina y él uno de chocolate.  Él quiso invitarme el helado, así que lo dejé pagar.  Ya con los helados nos sentamos e una mesa.  El ambiente era incómodo, solo nos mirábamos sin hablarnos y sonreíamos.  Después de 10 minutos de silencio absoluto él decidió hablar:

–         ¿Tú, que haces en tus tiempos libres?
–         Pues me gusta leer, pintar, escuchar música, salir a pasear y conocer lugares. ¿A ti? – de repente moví las manos y me miró.
–         A mí me gusta tocar la guitarra, cantar y viajar a lugares peculiares.
–         Interesante… – dije con un tono reflexivo y un poco irónico.
–         Lo sé, lo sé – me dijo con una sonrisa burlona. Luego ambos nos reímos y seguimos comiendo.

Al terminar me acompañó hasta la puerta de mi casa, aunque él vivía en la otra punta de la ciudad.  Ese gesto me pareció lindo de su parte, pero por supuesto no se lo hice saber, simplemente me despedí y él me dio un beso en la mejilla.  Me sonrojé y moví todo mi cuerpo involuntariamente.  Ese beso me hizo quedarme despierta toda la noche.

A medida que el tiempo pasaba nuestra amistad se hacía cada día más fuerte y sincera.  Ambos estábamos muy tristes porque en poco tiempo tendríamos que separarnos.  Iríamos a la universidad y cada quien tomaría un rumbo distinto.  Yo me iría a Londres a estudiar arquitectura y él se iría a Dinamarca a estudiar odontología.  Básicamente el destino nos quería separados.  Pasé mucho tiempo pensando en esto y simplemente no podía imaginarme mi vida sin él. Él lo era todo para mí. Mientras me ahogaba en mis pensamientos escuché el timbre de mi casa y rápidamente me alisté porque sabía que era Nico que venía por mí.  Caminamos juntos hacia el club de apoyo.

Al llegar nos dimos cuenta que era muy temprano y decidimos explorar esta antigua universidad ya que sería nuestro último día en el club.   Después de caminar durante un largo rato, vimos una puerta al final del pasillo que llevaba al ático.  Dentro del ático vimos a lo lejos una puerta con aspecto viejo lúgubre que tenía un cartel amarillo mal colgado en el que se podía leer en letras muy tenues “PELIGRO, NO ENTRAR”.  La abrimos con cuidado y entramos lentamente.  Al entrar vimos algo que parecía ser una máquina vieja con aspecto de cohete espacial, estaba oxidada pero aún se notaba que estaba hecha de una especie de metal azul brillante.  Este extraño artefacto tenía unas palabras escritas apenas legibles en la parte inferior.  Nico intentó leerlas mientras que yo no dejaba de gritar maldiciones y sacudirme rápidamente por la habitación.  Él logró leer que decía “Máquina del tiempo prueba 005”.  En ese momento gritó:

–         ¡Es una máquina del tiempo!
Lo miré sonriente tratando de ocultar el miedo que tenía, pero mis tics me delataron.
–         Y si…..- dijo él con espíritu aventurero
–         Mmmm bueno…. – le dije rendida y asustada.

Al terminar de decir eso Nico se dirigió rápidamente hacia la máquina jalándome de una mano. Al entrar había un manual que explicaba cómo debía usarse la máquina. Siguiendo aquellas instrucciones decidimos viajar al día en que nos conocimos.  Nos divertimos mucho viendo cómo eran antes las cosas entre nosotros. Todo iba muy bien hasta que vi un gran botón luminoso color rojo.  Como mi síndrome responde a impulsos y no lo puedo controlar, tuve que presionarlo….

Lo siguiente que supe fue que estaba recostada en mi cama rodeada de cajas y lista para mudarme.  Estaba tan confundida, me sentía atemorizada de irme a un lugar tan lejos de casa, pero también me sentía emocionada por vivir esta nueva etapa de mi vida.  Pronto llegó la hora de irme de casa.

Mi madre me llevó al aeropuerto y me acompaño hasta que pasé seguridad. Al despedirme de ella sentí tanta nostalgia por dejarla sola que comencé a llorar y también ella. Luego de la triste despedida, la larga fila en migraciones y la tediosa espera en la sala del aeropuerto, me sentía muy extraña como si algo me hiciera falta.  Y ese vacío me duró los primeros días en Londres, pero luego con el tiempo se me fue olvidando ese sentimiento y lo dejé atrás.

En ese momento ya no recordaba nada sobre Nico, ni él sobre mí.  Él probablemente estaba en Dinamarca, estudiando motivado y esperando las vacaciones como yo hacía.

Seis meses después ya había terminado mi primer semestre y decidí irme una semana de vacaciones a París, ya que siempre había sido mi sueño conocer aquella ciudad.  Mi primer día en París decidí ir a visitar la Torre Eiffel, así que después de desayunar me dirigí hacia allí.  Al llegar le pedí a un chico que me tomara una foto con la torre de fondo.  Al verlo a los ojos se me hizo familiar y en ese instante vinieron a mi mente muchos recuerdos con Nico que parecían no haber existido esos últimos seis meses.  Y al parecer a él le pasó lo mismo, porque al terminar de tomar la foto gritó emocionado: “¡Emi!”

The End

Gracias por leer mi escrito.