Amaba ver estos ensayos y mucho más los conciertos, los músicos no miraban como humanos, a veces miraban como bestias, totalmente inexpresivos en los ojos, concentrados en la música escrita, era curioso, cualquier otro hubiese visto un mundo de garabatos, los músicos veían la música escrita y podían escuchar la pieza, era sonido escrito. El director paraba cada cierto tiempo y corregía “más Adagio aquí, un poco más de Staccato” o “No, no, recuerden que es un minueto, no un largo”. Yo entendía todos esos términos, era como saber un segundo idioma, conocía los símbolos de los que el director hablaba, entendía lo que los músicos entendían, cuando hablaban de un ligato o cuando se referían a una anacrusa, o al vibrato, me fascinaba estar ahí, incluso si no estaba tocando. Por momentos se podía ver que los músicos iban a otro mundo, alzaban la mirada, movían el cuerpo y se perdían de este mundo mientras tocaban, a veces hacían gestos extraños con la boca, como los que yo hago cuando toco, parecían hablar en un idioma desconocido y así era, movían la cabeza bruscamente y parecían morir cada vez que terminaban un movimiento.
