La marcha de Atlas

de Andrés Felipe Lleras Peláez

Colegio Jefferson. Grado décimo.

Ilustración: Juliana Nieto P. 6R Colegio Colombo Británico

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Entré y me senté a la derecha del director, más atrás de él para no incomodar. A nadie le importaba mi presencia, ya varios me conocían y no era extraño, me gustaba que no me vieran, me gustaba que ellos fueran a hacer lo que iban a hacer en concentración absoluta. El director alzó la mirada y dijo: “vamos desde el 267 por favor, y un y dos y tres y” y la orquesta comenzó a sonar, estaban los violines llevando la melodía, los vientos ambientando y el resto de cuerdas haciendo los bajos.

Amaba ver estos ensayos y mucho más los conciertos, los músicos no miraban como humanos, a veces miraban como bestias, totalmente inexpresivos en los ojos, concentrados en la música escrita, era curioso, cualquier otro hubiese visto un mundo de garabatos, los músicos veían la música escrita y podían escuchar la pieza, era sonido escrito. El director paraba cada cierto tiempo y corregía “más Adagio aquí, un poco más de Staccato” o “No, no, recuerden que es un minueto, no un largo”. Yo entendía todos esos términos, era como saber un segundo idioma, conocía los símbolos de los que el director hablaba, entendía lo que los músicos entendían, cuando hablaban de un ligato o cuando se referían a una anacrusa, o al vibrato, me fascinaba estar ahí, incluso si no estaba tocando. Por momentos se podía ver que los músicos iban a otro mundo, alzaban la mirada, movían el cuerpo y se perdían de este mundo mientras tocaban, a veces hacían gestos extraños con la boca, como los que yo hago cuando toco, parecían hablar en un idioma desconocido y así era, movían la cabeza bruscamente y parecían morir cada vez que terminaban un movimiento.

Entre ellos casi nunca hablaban, a veces tenían diálogos con los instrumentos y se lanzaban miradas furtivas en busca de una respuesta, hablaba el chelo de Frederick y respondía el violín, no eran las personas las que hablaban eran los instrumentos que parecían ser uno con sus intérpretes, aquellas conversaciones quizá sean las más nobles y puras que tengamos, el director dijo entonces: “Miren lo curioso de esto, es un diálogo, una conversación y recuerden quién compuso esta conversación, porque no fue cualquiera. Fue Strauss quien la hizo, imaginen por un momento como habrán hablado en ese tiempo, como habrá hablado Strauss. Debe ser una conversación elegante, quizá caballerosa, recuerden que en esta pieza un caballero, algo torpe le pide a una dama su mano, tiene un aire cómico, algo burlón, pero al mismo tiempo es noble y grande, no lo olviden mientras tocan, otra vez desde el 54, y un y dos y…”. Dijo justamente lo que estaba pensando, quizá todos ahí pensaban lo mismo, por momentos aires de alivio como este eran esenciales para no salir a acabar con el mundo.

A las 12:30 acabó el ensayo, los músicos levantaron sus instrumentos y los empacaron con toda la paciencia del mundo, era curioso, algunos vientos tenían que desarmar sus clarinetes o sus oboes y entonces parecían desarmando un arma, retiraban con precisión y certeza parte por parte y lo guardaban en su estuche, los violines devolvían sus arcos al puesto y limpiaban el violín, al final, llegó de nuevo el momento terrible, ellos tenían que volver a ser humanos.

Fue interesante y quizá algo decepcionante, al final eran humanos y el mundo ya no permite que sean algo más, pero, por ese breve momento fueron distintos, justificaban todo lo vano que harían en sus vidas, ese momento elevado donde se acercan a las cosas que en realidad nos hacen humanos donde eran más puros y más bellos. Al final tenía que volver a casa donde también yo, en menor medida, me acercaría a ellos por lo menos un poco. Ese era el problema. ¿Cómo manejar todo ese odio contra la humanidad y contra lo humano, cuando lo que es puramente humano es lo más bello que tenemos para admirar? ¿Cómo querer acabar con todos los humanos y reducirlos a cenizas si sin ellos no habría quién interpretase a Bach o a Tchaikovsky? No comprendo cómo apaciguar ambos lados y es a veces masoquismo ir a ver estas demostraciones que hacen que elegir sea difícil, sería mucho más fácil voltear la cabeza a todas estas demostraciones y dedicarme a destruir el mundo, verter petróleo en todas aquellas playas francesas de arena blanca que nunca veré y dispararle a todos los sabios que nunca llegaré a entender.

Tuve que dejar atrás el teatro, salí con la cabeza baja mirando el suelo, no estaba triste, no más de lo normal, simplemente estaba atesorando las últimas notas que había escuchado, repetía una y otra vez el pasaje, tarareaba y pensaba en la posición de los dedos sobre la madera. No quería dejar ir ese pedacito de tiempo sublime.

Tenía hambre, se me había olvidado comer, en esos momentos parecía que hasta respirar pasaba a tener menor importancia. El fragmento ya casi se extinguía en el ruido de la ciudad, no era como cuando los vientos se ciernen sobre la orquesta como una nube gris y ahogan la bella melodía que tarareaba Wagner, no, era algo detestable, lo más sublime y puro que mantenía en mi cabeza se veía inevitablemente ahogado por el ruido de una ciudad indolente, la ciudad y las personas que la hacían sucia no sabían lo que estaba a punto de morir en mi cabeza ¿cómo podrían saberlo, si lo único que deseaban escuchar era que su equipo favorito había ganado el partido de la semana?

Al final murió, la música que escuchaba había terminado, ahora solo quedaban pedazos sin sentido de pasajes fracturados con notas omitidas, había terminado lo único que me había hecho salir, y lo único que hacía que valiera la pena ese día;  había muerto, y con él mis ganas de seguir afuera más de lo necesario. Huí a casa.

Decidí volver caminando, me importaba poco el tiempo, la ciudad, las personas y yo mismo. La ruta era más o menos larga, tenía que salir del centro hacia la quinta y caminar por media hora, en el camino se veían a lo lejos grupos de personas, algunos esperando el bus, otros esperando el MIO y otros esperando un taxi, ese día eran pocos los que caminaban y a veces caminar parece ser algo exclusivamente de aquel que no le importa llegar a ningún lado.

Al caminar intentaba mirar a las personas a los ojos, quería ver sus ojos de aparente inocencia, mientras en realidad eran asesinos de lo más bajo, ellos no devolvían la mirada, no miraban a los ojos, huían de mi mirada, quizá la ira y la tristeza se notaban o quizá simplemente no les importaba en lo absoluto. Caminé por calles que para mí estaban vacías hasta llegar a mi casa, decidí subir por las escaleras solo para prolongar el tiempo de no estar, ese era el problema en ese momento, no quería estar en ningún lado sobre esta tierra, ni siquiera en mi casa y sentía el tedio de no querer estar entre la gente y no tener el valor suficiente para acabar con mi existencia. Era una marcha triste la que llevaba, tenía pasos pesados y al recordar todo parecía que se repetían escenas, era una tristeza profunda, se sentía el wershmerz quizá en su forma más pura, era eso, era la tristeza que se producía al darse cuenta del sin sentido del mundo y la injusticia del mismo y aun así aceptar que no hay absolutamente nada que se puede hacer, era el dolor del mundo y el no tener más opción que vivir. En el tramo de escaleras, que parecía infinito, empecé a escuchar una melodía en piano, no era de Bach, tampoco era de Chopin, no era de ese día, era una melodía triste y lenta, quizá repetitiva pero delicada, luego se sumaban las cuerdas, luego los vientos, la melodía saltaba a la flauta traversa, era triste pero era bello, luego la tenían los violines y toda la orquesta parecía estar en una hermosa tristeza, luego venía un coro y hacía la melodía más grave en el fondo, la obra era un crescendo perpetuo, ya estaba en el clímax de la obra, los vientos se cernían sobre la melodía y esta se negaba a morir y persistía, al final los vientos morían y quedaba solamente, en un piano delicado, la pequeña voz triunfante de aquella melodía que también comenzaba a morir, al final, como todas las cosas, esta melodía estaba desapareciendo, al final, se quedó en silencio, todo mi mundo se quedó en silencio.

Entré como un muerto en mi casa solitaria, nunca había escuchado esa pieza, era de las más bellas que había escuchado y no era capaz de reconocerla, me acerqué al piano y puse mi mano sobre el teclado, toqué una nota tras otra la melodía que sonaba en mi cabeza intentando hacerla tal como la había pensado. Era una melodía simple, era repetitiva y frágil, era justo lo que recordaba, pero no era un recuerdo, no, era mía, era algo mío, salido de lo más doloroso de mi mundo y mi miseria.

Me pregunté quién era aquel que caminaba en mi melodía, no era yo, solo una parte de mí era capaz de ser así de bella, la imagen de aquel que caminaba era distinta, era más grande quizá en todo sentido. Era Atlas, el titán, así era su marcha, así iba él con el mundo a cuestas, sabiendo que era una tarea inútil, caminaba él con pasos pesados y tristes cargando un mundo que no comprende, cargando todo el peso de no ser capaz de tirar al mundo y tampoco de seguir con él encima por mucho tiempo, era repetitiva su marcha y estaba él pisando los mismos pasos que ya había pisado antes, viendo las mismas guerras y la misma miseria de nuestro mundo, era hermoso y lo más triste que había pensado.

Quizá aquellos hombres, como Bach, hayan tenido una tristeza aún más profunda y era su excusa para vivir y la única forma en la cual podían existir, era el componer esas piezas hermosas lo que hacía que su existencia pareciera menos absurda, solo alguien con una tristeza así de profunda podría componer algo así de hermoso, era el sufrimiento humano lo que permitía que estas cosas nacieran, porque las cosas más bellas salen del sufrimiento más puro que hay, no del hastío y el dolor mundano, no, salen de la tristeza que hay en el mundo y del darse cuenta de que quizá el mundo, olvidado por dios como está, vale la pena, solo por esa pequeña melodía de piano que se niega a morir. Pensaba en Atlas y lo imaginaba sufriendo de una forma parecida a la mía, él cargaba el mundo en sus hombros y sufría por ello, por no entender y por no tener lugar en un mundo siempre incomprensible, él, así como yo, desea tirar el mundo, dejarlo morir y olvidarlo, pero no puede, hay algo que le impide hacerlo, es la esperanza que impide que se rinda, la necesidad de luchar hasta el último aliento en una pelea perdida mucho antes de que empezara, la pelea por lo bello, por los propósitos efímeros y hermosos, por el arte, peleas perdidas en un mundo perdido, aun así, como un idiota o como un héroe, se niega a tirar el mundo y lo acomoda sobre el hombro causando terremotos y desastres, desea rendirse y dejarse consumir en el olvido, aun así decide no hacerlo, decide sufrir y vivir, todo esto, solo por la efímera victoria de una melodía de piano que va muriendo ahogada en un mundo al que no le importa.

The End

Gracias por leer mi escrito.