Dulce venganza

de Catalina Morales Urrego

Colegio Bolívar. Grado octavo.

Ilustración: Gabriela Álvarez. Grado octavo. Colegio Bolívar.

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¡Qué más da!, ya no me importa. Todo terminará mañana con esa inyección. Ya no puedo hacer nada, lo que pasó pasó y no hay forma de devolver el tiempo. Muchos me dicen monstruo, psicópata, me llaman despreciable pero yo no soy así, yo soy una persona como ustedes, común y corriente, pero con gustos extravagantes. Así como a algunos les gusta cocinar, cantar, bailar, a mí me gusta matar.  

Sí, lo sé, puede sonar raro pero ya  estoy acostumbrado y lo acepto como un alcohólico acepta su adicción. Todo empezó cuando tenía cuatro años y mi mamá me abandonó. Ese fue el inicio de todas las desgracias de mi vida. Desde allí, todo se fue en caída. En mi casa adoptiva, el señor al que me hacían llamar padre me violaba y mi madre le tenía miedo. Por 18 años ella estuvo bajo su dominio. Él la maltrataba y como yo, era una víctima más. Él la hería física y psicológicamente y la convenció de que sin él ella no era nada. Por eso nunca lo desafió, pero al adoptarme y ver que me maltrataba como a ella, poco a poco reunió el coraje para dejarlo. 10 años después nos fuimos. Al darse cuenta que mi madre estaba saliendo de su alienación él trataba de convencerla de que iba a mejorar y que ya no nos iba a maltratar. Por muchos años ella le creyó, hasta que una vez se le fue la mano, y su golpiza me dejó inconsciente por 11 horas. Tan pronto me recuperé nos fuimos.

Aunque no teníamos una buena vida, era mejor a la que llevábamos con él. Mi madre se murió cuando yo tenía 19 y desde ahí empecé a vivir al compás de la calle. Me las rebuscaba como fuera. Mi primer asesinato fue en defensa personal. Nunca me sentí culpable por su muerte, en vez  de eso me sentí lleno, completo, satisfecho. Por fin, el vacío que había sentido desde pequeño  había desaparecido. Esto casi no me afectó y me ayudó. Arreglé mi vida, o eso parecía. Justo cuando empezaba a parecer que tenía todo bajo control empezaron las voces. Me dije que no estaba loco, tal vez hice mal.

La primera voz me dijo que tenía que vengarme de la autora de mis pesadillas para poder vivir una vida normal. Habiendo sido esto lo que siempre había querido ¿Cómo no hacerles caso? Después de una búsqueda exhaustiva la encontré. Era igual a como lo recordaba, rubia, ojiazul, alta y delgada. La seguí en secreto por un mes. Hasta que un día me descubrió. No sabía qué hacer, ¿qué tal que me reconociera? Luego de  analizar bien mis opciones, me di cuenta de la poca probabilidad que esto pasara. Decidí acercarme a ella y ganarme su confianza. La tuve engañada un buen tiempo y por bien que me empezara a caer yo nunca descuidé ni olvidé mi objetivo. Las voces cada vez me perseguían más, hasta el punto que no tuve más remedio que hacerles caso. Me dijeron que tenía que ahorcarla y descuartizarla. Nunca me había sentido mejor que como me sentí después de matarla. Pero esta felicidad me duró muy poco, más bien me empecé a sentir vacío e insatisfecho. Luego de matarla me di cuenta que ella no era mi madre, sólo era alguien que se le asemejaba. Así me sentí en los siguientes cuatro asesinatos. Las voces en mi cabeza me estaban engañando. ¿Será que algún día la encontraría? ¿Qué habría sido de su vida?, me empecé a preguntar constantemente. Nunca creí encontrar estas respuestas, hasta que un día encontré el baúl.

Me lo había dejado mi madre. Lo encontré por una carta  que descubrí al limpiar sus pertenencias. Por más que llevara trece años muerta nunca me había atrevido a botar sus cosas. Ahí me explicaba acerca de la investigación que había hecho en los últimos años de su vida para encontrar a mi madre biológica y también me dejaba unas llaves. Me pregunté, ¿qué podrían abrir?, ¿qué secreto podrían contener? Pero lo más importante era ¿dónde estaba el baúl? Yo nunca había visto esa cerradura, o por lo menos no me acordaba de haberla visto. Resulta que el baúl estaba puesto a plena vista en la sala, pero yo nunca me había detenido a mirarlo. Ella sabía que mi madre era un asunto inconcluso que tenía y que debía superar. En el baúl había fotos y cartas y a partir de ellas empecé mi búsqueda final.

Me tomó un año encontrarla, recorrí medio país en su búsqueda hasta que una noche la encontré. La seguí hasta su casa y la confronté. Llevaba toda mi vida esperando este momento para vengarme de ella y hacerla pagar de una vez por todas. Cuando la vi no me reconoció, esto sólo aumentó mi resentimiento y deseo de venganza. Después de saber quién era, ella actuó muy arrepentida de su decisión y trató de que comprendiera la razón de su abandono. Poco a poco iba perdiendo mi paciencia y no había excusa suficiente que ella me pudiera dar  para justificar todo lo que me había pasado por su culpa. Se disculpó por esta vida y por la otra pero igualmente no consiguió mi perdón. En un punto perdí el control de mí mismo y le empecé que  a decir que sus excusas no valían nada y le pegué igual que me había pegado mi padre adoptivo para que perdiera la consciencia. Cuando se despertó la tenía encadenada y amarrada a una silla. La empecé a ahogar. Quería que sufriera como me había hecho sufrir a mí. Que tratara de respirar pero no pudiera, igual como yo me había sentido en mi niñez. Ella se trataba de zafar de mí, esto no la llevó a ningún lado y después de un rato, paró. Creí que ya se había muerto y la solté . De repente se desprendió de la silla, las cogió con sus dos manos  y me trató de pegar con toda las fuerzas que le quedaban. Yo esquivé su golpe, la cogí y la empecé a ahorcar. Para ese entonces ella no tenía más energías y se había dado por vencida. Sabía que por más que lo intentara no podía ganarme. Vi como se le iba su vida lentamente, como se apagaba la luz de sus ojos hasta que ya no quedó nada. Al fin podía descansar. Todas esas otras muertes no habían sido en vano. Ya no me iba a perseguir la voz en mi cabeza y ya me quedaba tranquila mi consciencia. Por fin se había hecho justicia y yo no podía estar más satisfecho.

Todo iba bien, tenía planeado disolver su cuerpo en ácido y en cuestión de horas el cuerpo pasaría a un estado líquido. Después sólo lo votaría por el desagüe. De esa manera me desharía del cuerpo sin dejar huellas. Pero las cosas no siempre salen como queremos y justo cuando iba a llevar mi plan a cabo entró alguien a la casa. No alcancé a deshacerme del cuerpo y cuando menos lo supe la policía me tenía esposado y me estaba llevando. Así fue como llegue acá. En el juicio me juzgaron por mis otros crímenes también y fui condenado a muerte por inyección letal. Pensé   “para qué callar”, más bien debía contar mi historia y mis motivos de una vez por todas. Pero me voy en paz, logré mi propósito y ahora descansaré.

The End

Gracias por leer mi escrito.