Aunque no teníamos una buena vida, era mejor a la que llevábamos con él. Mi madre se murió cuando yo tenía 19 y desde ahí empecé a vivir al compás de la calle. Me las rebuscaba como fuera. Mi primer asesinato fue en defensa personal. Nunca me sentí culpable por su muerte, en vez de eso me sentí lleno, completo, satisfecho. Por fin, el vacío que había sentido desde pequeño había desaparecido. Esto casi no me afectó y me ayudó. Arreglé mi vida, o eso parecía. Justo cuando empezaba a parecer que tenía todo bajo control empezaron las voces. Me dije que no estaba loco, tal vez hice mal.
La primera voz me dijo que tenía que vengarme de la autora de mis pesadillas para poder vivir una vida normal. Habiendo sido esto lo que siempre había querido ¿Cómo no hacerles caso? Después de una búsqueda exhaustiva la encontré. Era igual a como lo recordaba, rubia, ojiazul, alta y delgada. La seguí en secreto por un mes. Hasta que un día me descubrió. No sabía qué hacer, ¿qué tal que me reconociera? Luego de analizar bien mis opciones, me di cuenta de la poca probabilidad que esto pasara. Decidí acercarme a ella y ganarme su confianza. La tuve engañada un buen tiempo y por bien que me empezara a caer yo nunca descuidé ni olvidé mi objetivo. Las voces cada vez me perseguían más, hasta el punto que no tuve más remedio que hacerles caso. Me dijeron que tenía que ahorcarla y descuartizarla. Nunca me había sentido mejor que como me sentí después de matarla. Pero esta felicidad me duró muy poco, más bien me empecé a sentir vacío e insatisfecho. Luego de matarla me di cuenta que ella no era mi madre, sólo era alguien que se le asemejaba. Así me sentí en los siguientes cuatro asesinatos. Las voces en mi cabeza me estaban engañando. ¿Será que algún día la encontraría? ¿Qué habría sido de su vida?, me empecé a preguntar constantemente. Nunca creí encontrar estas respuestas, hasta que un día encontré el baúl.
