Cuando llegue

de Melanie Santos Ospitia

Colegio Alemán. Grado once.

Leer

Aún recuerdo cómo te pasó. Cada vez que me quedo en blanco sin saber en qué pensar, evoco tu recuerdo en aquella noche estrellada. La única en la que te vi con todo tu esplendor. He de admitir que me habías parecido una persona muy cerrada y que nunca me había atrevido a acercarme a ti, hasta unos meses antes de ese momento. Estaba tranquilo detrás de mi salón de clase cuando me hablaste y me preguntaste si podías acompañarme. Sólo atiné a asentir por el aura tan pesada que parecías emanar.

Hablamos o más bien intentaste hablarme por un buen rato. No creas que intentaba evadirte, sólo tenía miedo, creía que… bueno, eras un poco como yo, ya sabes, con… las… eh… bueno, habilidades especiales. Realmente tenía miedo de que me descubrieras y quisieras aprovecharte de mí debilidad. Así que realmente te tenía miedo.

Hiciste lo mismo durante varios días, volvías a mí y me hablabas, tenías siempre un aura pesada hasta que te sentabas a mi lado y tratabas de que me abriese a ti. Realmente me tuviste paciencia. Esperaste varios días hasta poder tener una conversación normal conmigo. Y unos cuantos más, para que dejara de abrazarme las piernas y te hablara como si nada. La gente no suele acercarse a mí por ser un poco extraño. Lo admito, desconfiaba de ti. Pero tú jamás abandonaste la idea de acercarte a mí. Y ahora te lo agradezco.
Cuando pasamos de año y quedaste conmigo en el mismo salón, casi quise saltar de felicidad. Eras mi única compañía en todo el lugar, y fue un alivio saber que estarías allí para mí cuando fuera y en todas las clases, o al menos en la mayoría. Nos ayudamos mutuamente con las materias y solíamos quedarnos hasta tarde estudiando en el colegio completamente perdidos en nuestro mundo. Sonriéndonos mutuamente, haciéndonos bromas, molestándonos y riendo hasta que nos faltara el aire. Amaba como éramos. Parecía que nada nos podría separar. El destino quiso algo distinto.

Las salidas solían ser habituales entre nosotros. Íbamos y veníamos juntos. No sé cómo comenzó, sólo sé que pronto nos volvimos un par de chicles. No nos separábamos para nada. Iba a tu casa, tú venías a la mía, nos llamábamos cuando eran fines de semana enteros sin vernos. Realmente no podíamos vivir sin el otro, realmente no nos podíamos separar de ninguna manera, hasta nuestros propios padres no sabían porque nos habíamos vuelto tan cercanos. Recuerdo que una vez pelearon con nosotros por ello. No los entendí, y aún hoy no los entiendo, ¿qué tendría de malo que nos viéramos tan seguido? Realmente no creo que tenga demasiado sentido.

A veces me pregunto porque sigo llorando. Han pasado ya unos cuantos meses, pero mis lágrimas mojan mi cara cómo si no tuviesen nada más que hacer dentro de mi cuerpo. Mi madre me dice que debería dejar de llorar tan de repente, que eso no es algo normal y que quizás debería de ver a alguien para saber qué es lo que me está pasando. No puedo evitarlo. En realidad, todo lo que pasa por mi cabeza cuando te veo en mi mente, incrustándote en mi cabeza como una idea que no desea irse jamás me es doloroso y nostálgico. No puedo evitarlo. Es demasiado para mí. Tú no te quitarías jamás de mi cabeza, incluso si fueras un mal recuerdo.

Esa noche me llevaste a tu lugar secreto, hiciste que me escapara de mis padres y de mis responsabilidades, pero estaba encantado. Totalmente perdido e intrigado por el lugar al que me llevarías en ese momento. Pasamos por las calles corriendo y riendo como si el mundo no existiese, esquivamos a varios peatones y cruzamos las calles sin importarnos la luz que desprendiesen. Éramos sólo nosotros en ese momento. Quizás esa haya sido la horrible pero placentera chispa que encendió mis poderes. ¿Por qué tenías que abrazarme tan cariñosamente en ese instante? Es un sentimiento agridulce el que siento hacia esos momentos.

Lo primero que me mostraste al llegar fueron las luciérnagas, me dijiste que era de las cosas que más te gustaba en el mundo, aquellas pequeñas lucecitas en el aire te emocionaban de sobremanera. Sonreí todo el tiempo, no podía parar, mis mejillas me dolieron después de un rato, pero ni aun así cambié mi expresión. Miraba cada cosa que me decías con atención tratando de pensar en cómo tú las verías, que pensarías y en como la sentías. Fue un momento muy mágico para mí cuando me mostrarte tu flor favorita, una Rosa de Siria, fue un momento muy emocionante para mí, sentía como tus manos se dirigían a las mías para que me agachase y las pudiese ver más de cerca. Mi boca pasó a dar una expresión de asombro. Me gustaba mucho cómo la tenue luz no las hacía ver del todo, como si para que vieras lo realmente hermoso tuvieses que hacer algo más por todo aquello. Sonreí nuevamente para verte una vez más al rostro, no esperé que me encontrara con tus ojos mirándome con detalle.

Estaba fuera de control, no podía pensar en otra cosa que no fueras tú a mi lado para siempre. Lo arruiné todo. Lo sé. Esa noche lo único que pude saber de ti después de ese abrazo fue que venías a ese lugar a escondidas.

No pude volver a verte e incluso, hoy, recordando aún esa noche de temprano verano, me pregunto porque empezaste a brillar, porque tu cuerpo se sentía de repente tan caliente y tan chispeante. Quizás se trataba del polvo espacial que traías por dentro. Aquel que te hacía diferente y aquel que me hizo absorberte. No lo sabía, o al menos no de tu parte, pensé que no eras como yo. Jamás mostraste ningún símbolo de ser como yo. No te culpo, sé que lo hice al principio, cuando estaba perdido y no sabía que había pasado. Te eché la culpa tantas veces que no quiero saberlas. No quiero tan siquiera recordar por qué. Yo lo lamento de verdad, por eso ahora mismo estoy de rodillas pidiéndole a un pedazo de piedra tallado con tu nombre ya inolvidable en mi mente que me perdones, que por favor entiendas que nada de esto fue culpa tuya en lo absoluto. Yo mismo me haría daño si no lo haces, no te estoy amenazando, sólo quiero que sepas que tendré mi merecido si decides no responder o al menos no responderme. Entenderé, ni yo mismo me perdonaría por arrancarle la vida a la persona que más quiero sobre la faz de la tierra.

—Te extraño—murmuré a tu tumba con la cabeza baja y con la cara empapada. Sólo quería que supieras que mis noches no son las mismas, miro al mundo de otra manera sin ti a mi lado. Que susurrar a la noche no es algo que pueda hacer sin ti, que mis manos se sienten vacías después de hacer cometido tal atrocidad hacia ti. Desearía que me mandaras alguna señal, al menos para que yo quedara en paz contigo y me sintiera tranquilo de que estás bien. Cuando llegue me alegraré mucho, y probablemente también llore un poco más por tu recuerdo, y por lo que esa pequeña señal significa para mí—Gracias.

Entonces, cuando levanté mi cabeza para ver a la roca una vez más, había una pequeña flor en medio de ella. Una blanca con centro rosado. No pude sino sollozar. Ahora tu efímera presencia estaría para siempre en mi memoria.

The End

Gracias por leer mi escrito.