Hiciste lo mismo durante varios días, volvías a mí y me hablabas, tenías siempre un aura pesada hasta que te sentabas a mi lado y tratabas de que me abriese a ti. Realmente me tuviste paciencia. Esperaste varios días hasta poder tener una conversación normal conmigo. Y unos cuantos más, para que dejara de abrazarme las piernas y te hablara como si nada. La gente no suele acercarse a mí por ser un poco extraño. Lo admito, desconfiaba de ti. Pero tú jamás abandonaste la idea de acercarte a mí. Y ahora te lo agradezco.
Cuando pasamos de año y quedaste conmigo en el mismo salón, casi quise saltar de felicidad. Eras mi única compañía en todo el lugar, y fue un alivio saber que estarías allí para mí cuando fuera y en todas las clases, o al menos en la mayoría. Nos ayudamos mutuamente con las materias y solíamos quedarnos hasta tarde estudiando en el colegio completamente perdidos en nuestro mundo. Sonriéndonos mutuamente, haciéndonos bromas, molestándonos y riendo hasta que nos faltara el aire. Amaba como éramos. Parecía que nada nos podría separar. El destino quiso algo distinto.
