El Sol

de Hanna Haeusler

Colegio Colombo Británico. Grado once.

Ilustración: Laura Corredor Muñoz. Grado noveno. Colombo Británico.

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Eran las cinco y media de la tarde cuando iba concretando el cierre del sol, los vecinos recorrían las calles camino a casa, agotados después de un largo día en el campo. Los animales buscaban el cálido refugio para el anochecer, y mientras tanto yo me dedicaba a cuidar a mis pequeños, aquí mismo en la vereda El Sol, ubicada en el departamento del Cauca.

Era un día de esos, como todos… tranquilo y familiar, mientras barría el balcón de la casa, escuché un motor ruidoso y fastidioso, pero no es un tractor, pensé. Escuchaba continuos disparos así  que corrí de vuelta, dentro de la casa en busca de José, mi esposo. Desde adentro podía seguir escuchando los disparos más fuertes, cercanos y acompañados de llantos y gritos. El pánico se apoderaba de mí lentamente. Mientras tanto,  José me decía, “vienen por mí”. No tuve tiempo de preguntarle a qué se refería, cuando de repente esos malandros tumbaron la puerta de mi casa a balazos y a gritos preguntaban – ¿dónde está su esposo señora? Mientras José trataba de escapar por el antejardín de la casa. El miedo no me dejó responder, mis hijos inocentes lloraban desgarradamente.

Los matones persiguieron a mi esposo hasta alcanzarlo. José suplicaba a gritos “¡No he hecho nada, no he contado nada, no me maten por favor no me maten!” igualmente yo les suplicaba que no le hicieran daño, pero me callaban con el cañón de la pistola. Pasaron los minutos… colgaron a José a un árbol, lo machetearon y las gotas de sangre chorreaban sobre su cuerpo estropeado e inconsciente.

Por un momento el silencio se apoderó de la noche, se podían escuchar las ramas del árbol donde habían colgado a José;  parecía que la madre naturaleza al igual que todos, también suplicaba paz y tranquilidad en la zona. Pero ese silencio no duró mucho pues afuera de la casa podía escucharse de nuevo el sonido de ese motor fastidioso y ruidoso que al parecer era de un carro. En él, montaron a mi esposo, José, aprovechándose de su inconsciencia.

Pasaron las horas, mi casa, antes tranquila y cálida, ahora no era más que un mar de lágrimas y soledad. Por otro lado, la intriga y la preocupación se aprovechaban de nuestro desgarrador dolor ¿dónde me lo tendrán? Me preguntaba constantemente a mí misma al no recibir ninguna noticia. Después de varios días de búsqueda, con la ayuda de los vecinos, armados únicamente con el poder de la amistad, vimos a lo lejos,  una multitud de aves negras con olor a muerte, que volaban en círculos sobre una pequeña y oscura montaña. Al acercarnos reconocí el cuerpo de José cubierto de sangre, balazos en lo más profundo de su ser, las marcas de las hachas podían verse en su cadáver. Y yo mientras tanto, desgarrada y llena de odio no encontraba salida o respuesta alguna, ¿qué sería de mi vida?, ¿en que se habría convertido nuestra pasiva vereda? No sentía mis piernas, mis brazos, no sentía nada solo ganas de morirme junto a él.  Pero el amor por mis hijos y mis fuertes ganas de vivir pudieron vencer la ira que me controlaba. La vida, la caña y sobretodo la esperanza me han permitido salir adelante y ser una campesina fuerte, dedicada, pero sobre todo una madre ejemplar de la vereda El Sol.

The End.

Gracias por leer mi escrito.