Recurro al maestro, abro mi laptop, toco las teclas y recaigo en la búsqueda de respuestas. Tal como lo pensé, no encuentro nada, solo idioteces que conforman a las mentes simplicistas del común. Puedo sonar algo soberbio, pero es la única manera de expresarme. A los hombres no los desprecio, al contrario, los admiro, admiro su forma de vivir tan simple, su felicidad es mi maldición, sueño con ser como ellos, y vivir como ellos. Lectores, romperé la cotidianidad de mi escrito para preguntarles ¿por qué viven? La verdad yo ya perdí el sentido de la vida. Y en este instante tuve la maldición de reencontrarme con la realidad. Recaigo en la cama, miro al techo, me refugio en un paraguas de palabras e historias, calmo mi ansiedad. Termino, me siento, lloro, lo miro, me mira, le pregunto “¿Por qué?” Me responde “¿por qué no?” Lloro y pienso “¿por qué sí?”. Me responde “¿Por qué no?, al fin y al cabo, si vives o mueres no tiene sentido, el mundo sigue girando, las personas que prometieron recordarte morirían y tu vago recuerdo desaparecerá. Recuerda que tus acciones no afectarán en nada al universo que seguirá girando, construyendo y aniquilando mientras tú estás estresado por hacerte notar. Este es tu túnel eterno, la culpa de la liviandad de tu alma…”. Alguien toca, no lo deja terminar. Me levanto y abro la puerta. La miro y su mirada me corresponde. Sonríe como sólo ella sabe hacerlo y escucho gritar mi corazón gritar en cada pálpito mientras se desvanece. Su sonrisa aclara mis dudas, ilumina mi túnel, le da pesadez a mi alma. La veo, la admiro, le devuelvo el gesto, la saludo y mi mundo se aclara. Recaigo en la estupidez del hombre del común que me hace amar la vida como la amo ella.
