Lo que había provocado dicho mantra para definir a la niña era el hecho de tener un peculiar pasatiempo: imaginar los pensamientos que surcaban los cerebros de los extraños que cruzaban su ventana, las imágenes que se formaban en sus cabezas. El límite de su ventana era un acantilado, las vidas de esos extraños duraban siete segundos, el tiempo que tardaban en salir del encuadre de la niña y seguir caminando.
Se encontraba pues en plena observación, en pleno fisgoneo de mentes, cuando su madre la interrumpió y le pidió que la acompañara a hacer unas diligencias al centro, lo cual la emocionó porque había que tomar el metro para llegar a su destino. Entre desagradables olores, calor humano y pisoteos, el metro, a diferencia de su ventana, le proporcionaba tiempo. La vida de la gente se alargaba, el metro le permitía estar alrededor de gran cantidad de personas por varios minutos.
