Inverosímil

de Melissa Muñoz Montes

Liceo Francés. Grado undécimo.

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Observaba… Observaba por un espacio entre las cortinas a los transeúntes. Observarlos era lo único que la hacía olvidar su monótona vida. No eran muchos los que comprendían su curiosidad. Sus familiares consideraban que las personas no merecen tanto interés. Pensaban que su fascinación hacia la gente se debía únicamente a que tenía una imaginación muy desarrollada capaz de ver lo espectacular en lo común.

Tiene una imaginación inverosímil, una imaginación inverosímil, una imaginación inverosímil, esas eran las palabras que más habían resonado en sus oídos. De tanto oírlas habían dejado de parecerle simples vocablos. Esa frase era su identidad, el mundo la empleaba para describirla. En lo que a ella concernía todavía no entendía el significado de “inverosímil” y a veces la gente pronunciaba esa palabra con tanto desdén que decidió que era un sinónimo de ridículo.

Lo que había provocado dicho mantra para definir a la niña era el hecho de tener un peculiar pasatiempo: imaginar los pensamientos que surcaban los cerebros de los extraños que cruzaban su ventana, las imágenes que se formaban en sus cabezas. El límite de su ventana era un acantilado, las vidas de esos extraños duraban siete segundos, el tiempo que tardaban en salir del encuadre de la niña y seguir caminando.

Se encontraba pues en plena observación, en pleno fisgoneo de mentes, cuando su madre la interrumpió y le pidió que la acompañara a hacer unas diligencias al centro, lo cual la emocionó  porque había que tomar el metro para llegar a su destino. Entre desagradables olores, calor humano y pisoteos, el metro, a diferencia de su ventana, le proporcionaba tiempo. La vida de la gente se alargaba, el metro le permitía estar alrededor de gran cantidad de personas por varios minutos.

Con una sonrisa blanca se alejó de la ventana y atravesó el umbral de la puerta. Caminó hasta sumergirse en el interior de la tierra, en un mundo subterráneo.

Con el ruido del metal deslizándose por los carriles se dispuso a observar:

El hombre alto con el ridículo bigote estaba leyendo el periódico para distraer a su conciencia. Acababa de dejar a su mujer y no le expresó el motivo. Nunca le dio indicios de que el aburrimiento era el único que sentía por ella. Todas las mañanas la levantaba con un café y unas palabras que eran simple costumbre, simples mentiras. La noche anterior no había dormido pensando en qué decirle. Todavía estaba pensando en llamarla pero eso era demasiado dificultoso. Antes de que ella se despertara se levantó suavemente de la cama se vistió y se fue. No sin antes coger el periódico de hoy, no hay nada como un par de masacres para distraer la mente. No obstante, entre los muertos de Siria veía el rostro de su mujer. Para cuando ella abriera sus ojos él ya estaría en el otro lado del continente, no hay de qué preocuparse, no hay de qué preocuparse.

La joven con el cabello color naranja se había escapado de su casa. A sus padres les había dejado una nota con solo tres palabras. Una sonrisa temblorosa se dibujaba en su cara a pesar de que sentía su estómago amarrado por un fuerte nudo. Ahora se disponía a viajar por todo el mundo, navegaría por el océano, correría por verdes valles, conocería gigantescas metrópolis. Sin embargo, ese nudo seguía apretando y empezó a sentir cómo el bolsillo de su pantalón comenzaba a quemarle la piel. En ese bolsillo se encontraba un objeto terrible: una billetera vacía. Esa hasta ahora era su única preocupación.

El hombre que iba silbando una alegre melodía por fin había conseguido el trabajo por el que tan arduamente luchó; la hermosa mujer que la semana pasada lo había abofeteado aceptó salir con él; el mesero de su café habitual se equivocó y le devolvió más dinero de lo que le correspondía; el sol brillaba, los pájaros cantaban, la vida era bella.

La mujer con las ojeras pronunciadas estaba desesperada, para ella la obscuridad lo absorbía todo. Sus ojos se veían vacíos y reflejaban el estado de su existencia. Cuando el metro se detuviera en la estación iría directamente hacia el puente más alto que encontrara. La vida era fúnebre. La vida era nefasta. La vida era melancólica.

El hombre con el maletín y esa mirada de ansiedad en sus ojos no había dormido ni un solo segundo la noche anterior. Su cabeza contenía un revoltijo de pensamientos que golpeaban sin cesar las paredes de su cráneo. Sentía pánico, sentía pánico hacía lo desconocido. Lo carcomía esa incertidumbre de no saber que pasearía después. ¿Qué pasaría después de su última inhalación? ¿Qué pasaría después de abrir su maletín? ¿Qué pasaría después de hacer explotar la bomba que contenía?

-¿Podrías dejar de moverte de un lado a otro y quedarte quieta en tu asiento?-dijo su madre- No mires así a la gente, ¿qué pensarán de ti? Que eres una niña con problemas serios, de eso no hay duda…

-Mamá bajémonos ya mismo del metro estoy casi segura de que… mira ese hombre de allá… ese, el del maletín…, él está pensando en…

-¿Puedes dejar de tener esa imaginación inverosímil? No está bien inventarse lo que piensan los demás.

-¿Inverosímil?

Esa fue la última palabra que pronunció la niña. Una luz ruidosa, cegó y ensordeció a los pasajeros antes de engullirlos y reducirlos a polvo.

The End

Gracias por leer mi escrito.