María era una inocente alma en este cruel Medellín de los 90. Su niñez estuvo extraviada de los problemas que ahogaban a la sociedad; nunca supo que su padre, un jardinero desplazado por la violencia, trabajaba 14 horas diarias en distintas casas, para brindarle una educación digna. Tampoco conoció la finca que su madre, una empleada de servicio, perdió al paramilitarismo; por la cual el gobierno nunca respondió. Iba a un colegio privado, donde era discriminada por su baja posición social; en las tardes jugaba en un parque con columpios compuestos de moho y carruseles oxidados.
María creció, era curiosa, estudiosa y dedicada, su educación la volvía consternada por el medio en el que vivía, y mostraba habilidades de liderazgo para luchar contra estas problemáticas. Tenía sueños y se esforzaba por hacerlos realidad; en el futuro se veía como una profesional, trabajando por su comunidad, su ciudad y su país. Sus sueños no duraron mucho, al poco tiempo no fueron más que cenizas. Un día como los demás, con 13 años recién cumplidos, María alcanzó la noche en el colegio produciendo un cuento para un concurso literario. Corrió a su casa, atravesando los callejones de siempre, pero en el último, la cubrió la oscuridad.
