A eso de las cuatro de la tarde pasó por sexta vez en la semana el niño Pablo, un niño bien zumbambico, que con tan solo en diez años pasó por el río mínimo tres veces por semana. Paré un poquito la oreja y escuché que esta vez lloraba porque la producción de tabacos de sus padres iba mal, y no habían podido mercar nada para esta semana. A Pablito le logré contar dos mil seiscientas lágrimas, esta vez fueron menos que ayer que lloró por el cáncer que tenía su madre y llegué a contarle cuatro mil quinientas gotas a lo largo de todo su silencioso llanto. Después de esto, como es de costumbre, no se volvieron a aparecer por aquí, esto quiere decir que efectivamente un desafortunado del pueblo de más abajito ya sufrió una de estas desgracias.
