Hiiic, hiiic, hiiic…
El ratón que habitaba la pared al frente del sillón azul, parecía comer algo envuelto en sus diminutas y pálidas patas.
Todos estos sonidos eran tan frustrantes como familiares. De la misma forma que quemarse con café recién hecho es común e irritante. Era una de esas mañanas de invierno, donde la mente se separa del cuerpo mientras éste se mantiene inmóvil. No había nada mejor que hacer sino mirar hacia la pared. Todo eso era parte de una rutina sombríamente mundana, desprovista de toda emoción, una rutina que no parecía acabar.
Todo eso era parte de su deslucida rutina. Todo eso, menos el tocar de la puerta.
