La primera vez que Duque conoció a Juan, experimentó esa extraña sensación que nos invade a veces y que nos hace preguntarnos ¿dónde he visto esa cara antes? Recordaba que le extendió la mano para saludarlo y le correspondió como no solía hacerlo con nadie. Con la otra mano le entregó una pequeña llavecita que guardó en el bolsillo izquierdo de su camisa, ahí donde reposaba la foto del pequeño Ariann, para evitar perderla. Un frío espeso helaba cada uno de sus huesos ¡Carajo!, pensó, hoy, después de tanto temerlo, volvía a sentirlo. Era como si lo hubiese estado esperando desde hace más tiempo del que podía imaginar, pero era una espera que se merecía. Lo que siguió después, se convirtió en una sombra que jamás pudo ni quiso descifrar. Llegó al pequeño departamento que rentó cuando su hijo murió y su esposa no tardó en acompañar. La pena reventó su corazón. Estiró el brazo para introducir la llave en la cerradura, pero parecía haberse abierto sola. No necesitó encender la luz porque sabía bien que, aún en la oscuridad, unos ojos lo miraban desde el canapé donde solía reposar sus nostalgias. Sonrió y supo que era correspondido. Encendió la luz de la cocina y se dirigió a la mesa, donde reposaba la cajita. Sacó la llave del bolsillo de la camisa, la abrió con sigilo y tomó la nota entre sus manos, pero no se atrevió a abrirla. Es tiempo, decía. Lo supo. Ya sabía lo que contenía. Sabía que era la confirmación del final de su espera por la que aguardaba hace tiempo. Sabía que no había tregua porque el frío de las manos de Juan, aquel día, se lo dijo todo. Llegó el momento de ser recibido por los suyos y despedirse del lugar donde purgó sus culpas con inmensa soledad. Entendió quién era Juan y volvió a sonreír. Nunca tuvo la certeza de que todos vamos al mismo lugar, pero ya no le importaba, nada peor que la vida sin vida que llevaba. La muerte, algunas veces, no luce como la muerte, ni huele como la muerte, aunque se sienta como la muerte. La muerte a veces no parece la muerte. La muerte, a veces, se llama Juan.